Estoy loca, lo he estado desde que recuerde. Y no hablo de un idea abstracta, sino de la locura como un elemento concreto de mi vida. Sufro de esquizofrenia desde que era una niña pequeña, incluso antes de tener la suficiente conciencia para comprender en realidad que significaba la sensación de aislamiento verbal y mental que habia sufrido desde que tenia conciencia del mundo como un elemento de mis pensamientos. Y es que brindarle un nombre a esa soledad no la hizo distinta, menos raquídea, un poco menos sombría. Solamente le otorgó sentido, si eso es posible dibujar el rostro del caos a través de palabras, le dio un lugar el mundo. Pero la locura siempre fue mia, desde la cuna, en mis primeros juegos, en ese lento reconocimiento del tiempo y de mi voz que nunca me satisfizo, que no llego a ser real jamás, que careció de sentido a lo largo de esos primeros años de confusa sensación de encontrarme perdida en la inmensidad desosegante de mi mente.
Elegí creer que la locura era mi medio de expresión. Nunca me concebí como una victima de algún azar biológico especialmente cruel o una idea rudimentaria sobre el pensamiento más organizado. Aprendí a creer que la demencia - ese ser y a la vez no ser nada más que un fragmento de compresión - era el lenguaje de mi espíritu, una atmósfera hechicera y fabulosa, arbitraria y visceral, habitada por monstruos y criaturas fabulosas que deambulaban en las tierras inhóspitas de mi mente tal vez incluso antes que yo naciese. Un poder divino y terrenal, el de renunciar al tiempo de los hombres, al lenguaje de lo cotidiano y aceptar la locura como una densa corriente de ideas ajenas a cualquier sentido y realidad.
Muchas veces me tendí en la penumbra azulada de la madrugada, sabiéndome loca, consciente del poder de esta locura y me pregunté si moriría sin comprender la textura de lo que temo y deseo, de lo que ansío y necesito. E incluso la muerte era una perspectiva brumosa e irreal, como la niebla luminosa que rodeaba los faroles de calle, los primeros sonidos del día, la sensación que la insatisfacción y la frustración creando pequeños pozos de luz en medio de la oscuridad. Y soñaba, aunque no podía hacerlo en realidad, con la fatiga de leer un libro hasta que caer rendida, o pintar hasta sentir dolor físico, prodigioso y radiante. Y temblaba de angustia preguntándome si encontraría una respuesta, si podría abrir puertas y ventanas de la habitación de mi mente y dejar entrar el conocimiento que deseaba como una ráfaga de luz.
Una odisea fantasmagórica, sin duda. Pero que acometí con la desesperación y la firme ingenuidad de los que no tienen nada que perder.
Elegí creer que la locura era mi medio de expresión. Nunca me concebí como una victima de algún azar biológico especialmente cruel o una idea rudimentaria sobre el pensamiento más organizado. Aprendí a creer que la demencia - ese ser y a la vez no ser nada más que un fragmento de compresión - era el lenguaje de mi espíritu, una atmósfera hechicera y fabulosa, arbitraria y visceral, habitada por monstruos y criaturas fabulosas que deambulaban en las tierras inhóspitas de mi mente tal vez incluso antes que yo naciese. Un poder divino y terrenal, el de renunciar al tiempo de los hombres, al lenguaje de lo cotidiano y aceptar la locura como una densa corriente de ideas ajenas a cualquier sentido y realidad.
Muchas veces me tendí en la penumbra azulada de la madrugada, sabiéndome loca, consciente del poder de esta locura y me pregunté si moriría sin comprender la textura de lo que temo y deseo, de lo que ansío y necesito. E incluso la muerte era una perspectiva brumosa e irreal, como la niebla luminosa que rodeaba los faroles de calle, los primeros sonidos del día, la sensación que la insatisfacción y la frustración creando pequeños pozos de luz en medio de la oscuridad. Y soñaba, aunque no podía hacerlo en realidad, con la fatiga de leer un libro hasta que caer rendida, o pintar hasta sentir dolor físico, prodigioso y radiante. Y temblaba de angustia preguntándome si encontraría una respuesta, si podría abrir puertas y ventanas de la habitación de mi mente y dejar entrar el conocimiento que deseaba como una ráfaga de luz.
Una odisea fantasmagórica, sin duda. Pero que acometí con la desesperación y la firme ingenuidad de los que no tienen nada que perder.

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