Una última imprecación.

23 sept. 2008



Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.


"El amante" por Marguerite Duras (fragmento)

Escúchame:

Hubo un tiempo donde creí que no tenía rostro. No lo tenía, en realidad. Solo eran los recuerdos de mi misma que apenas podía conservar, esas lineas perpendiculares, secantes, oblicuas, circulares, ovalos, enormes rectángulos que creaban esa mujer que debía ser. Pero no lo era. Recluida entre mis dedos, en los grumos de pintura, en la cerviz de esa identidad brumosa que no era mía. Era tan irreal como un sueño que se olvida. Vivía en los pequeños rincones donde van a morir los objetos olvidados. Entre ceniza, entre temores y furia. Porque siempre ha sido la furia, tu lo sabes. Me has visto morir en ella, me has visto devorarla a tragos desesperados. Los ojos cerrados, trago tras trago. Esta furia demoledora e infantil. Porque soy una bestia perdida en su propio tiempo, que abre y cierra puertas en busca de esas pequeñas frases que nunca recordé. Perdida y sin lugar. Solo Clarisa, la amante de monstruos ilusiorios, con tres cuatro nombres que llevar a cuestas. Con una muchedumbre entre los ojos. Atisbado hombres en la oscuridad.

Pero aprendí de ti, que la cólera tiene color y necesidades. Una lujuría que es sufrimiento exquisito, preciosista, que puedo modelar, ductil y ferviente, como una escultura de ecos rotos en las esquinas de mi rostro. Traslucida, amplia y desosegada. Tallo, con los dedos heridos, sangrantes. Tallo, sobre los perfiles desconocidos de un tiempo que no ha nacido aun, que pariré con esfuerzo, a gritos. Tallo ese futuro que me diste al encontrar en la furia una palabra que nadie habia pronunciado jamás. Y te odio, si, denodadamente. Te detesto, te aborrezco. Y te amo, por supuesto, con todo el poder de esta luminosa zozobra, esta brillante cólera y esta ferviente confusión. Los dedos retorcidos de prodigiosa angustia, de insatisfecha necesidad. Porque te deseo, te admiro, quiero verte morir, quiero devorar cada parte de tu mente, del rostro mudo que guardas en el silencio. Te mataría, sí, y bebería a sorbos el aliento que te convertiría en una imagen que podría evocar, ideal y engañosa. Y sería, si, quién desearía escuchar tu corazón palpitar por última vez, bajo mis dedos. Todos los veranos muriendo en tus ojos, la primavera de floreciendo por última vez en un despertar aciago.

Escuchame, ahora, porque no tengo nada más que decir y no lo haré. Te repudio ahora, te amo otra vez.

En la sombra, grita la Diosa muda. No tengo nada más que decir.

Clarisa Que fue Gala.
Que abrió los Brazos a Verbis.
Ahora, solo Clarisa.



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