Oro del Necio.

26 sept. 2008


La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos

Morir se ha convertido en un hecho social. Una tertulia coloquial donde la tribu del hombre normal adjudica un nuevo lugar al fallecido. Tal vez por la necesidad irresponsable de ocultar el temor que produce la idea de la muerte, el anónimo, el cualquiera, el pladileño comienza a recrear lo que desean en medio del vacio helado y elemental de un hecho biológico incontestable. Porque ¿Qué otra cosa es la muerte sino la caída definitiva del telón de la engañosa esperanza espiritual? La vulgaridad del cadaver, tendido dentro del catafalco, las manos cruzadas sobre el pecho, la nariz rellena de algodon, la carne dura y fría que comienza a hincharse lentamente. Los labios amoratados, los ojos opacos, entreabiertos. El pecho hundido. Un despojo orgánico, de carne y temor, la idilica e infinita paciencia de ese silencio inexpugnable de la repugnancia. Y duerme el fallecido, ajeno a ese nuevo rostro que posee, esa bondad que le adjudican, esa ternura que ahora es inevitable rememorar, esa belleza que todos admiran pero nadie reconoce en realidad. Y el muerto flota lentamente sobre los comentarios y sollozos prístinos, donde se ha convertido en un simbolo de adoración fatua, en menos que desazón y un poco más que ridiculo, donde es un héroe impertérrito, el hombre bendito por la ideologia quebradiza de la estupidez, el hijo olvidado que regresa a la senda brumosa y necia del objetivo cultural. Oh, si, el muerto ahora elevado a los altares del doliente, que yace en silencio, aguardando la bendición del gusano y el aliento bendito de la tierra que lo devorara con amable y ciega devoción.

Y sonreíra tal vez, el muerto, cuando finalmente descienda al silencio de la putrefacción, en el Reino de la oscuridad anodina, donde probablemente pueda encontrar por fin, una ínfima y voluble paz.

Paz a los muertos. Y burlona indiferencia para los necios, pupilos heterodoxos de la simple desazón.

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