El demonio en mi pecho.

24 sept. 2008


Hay placer en los bosques sin senderos;
Hay éxtasis en una costa solitaria;
Está la sociedad donde nadie se inmiscuye,
Por el océano profundo y la música con su rugido:
No amo menos al hombre, pero si más a la naturaleza.


"Childe Harold's Pilgrimage" Lord Byron

Soy una adulta que no sabe como serlo. Soy una niña que recuperó la capacidad para temer y asombrarse. Y en medio de la confusión de ambos extremos, encontré un sentido filosófico totalmente vulgar, por completo necio: Soy capaz de crear mi nombre y mi presente a base de una labor creativa pura, furiosa, personal, desosegada. Durante mucho tiempo me refugié en mi capacidad para desmenuzar el mundo en formas y colores para encontrar un punto de silencio. Maldita sea, en cuantas ocasiones apenas podía soportar la cacofonía de mi mente!! un fragor en la batalla, el eco indulgente de golpes y truenos de mitos absurdos que enarbolé como una engañosa forma de herejia. Y recorrí a ciegas un camino escarpado, extraviada en pequeñas grietas sin sentido. Confusa y agotada, una mujer sin edad, una niña sin recuerdos, un espíritu abriéndose paso en carne yerma.

Quizá busco un momento de paz, aunque no lo deseo ni lo necesito. No me refiero, a una perspectiva corriente, amplia, perpetua, sino a una engañosa sensación de serenidad, nacida probablemente de un deseo irracional, de esos que poseo y elaboro cada día fragmentado. Y es en ese ojo del diablo, esa maldición del silencio, donde he podido encontrar una respuesta elocuente a mi avidez: No soy nadie en realidad, más que esta figura tallada en saliva y sangre, en la mugre de mis dedos, delineada en amarga insatisfacción, en esta brillante ignorancia que define el mundo, el origen de este aspiración perpendicular por el deseo. Una vociferante deidad anónima que aflora en mi piel y otorga sentido a mi elemental desazón.


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