
"Tú nunca me dejarás, ni nada podrá separarnos. Tú eres mi gato y yo soy tu humano. Ahora y siempre, en la plenitud de la paz"
Hillaire Belloc
Soy solitaria por decisión propia. Me gusta la intimidad de ese silencio que surge cuando el mecanismo de tu mente adolece de un ritmo general. El miedo mínimo, un pedazo frágil y precario de pura incertidumbre, amplio y abrumador. El ostracismo se me ha hecho un hábito, una fidelidad torva a la ausencia de una palabra adecuada, la mera necesidad de pertenecer al rostro anónimo que camina por las calles, habla en voz alta en las esquinas, ríe como música cacófonica en la sombra de una identidad cualquiera. Me ha bautizado el caos, no podría ser de otra forma, mi necesidad angustiosa de comprender la realidad, solo para alejarme de ella, para crear cada día como una certidumbre inexistente, como un elemento sin sentido que podría o no tener forma, pero que me pertenece por simple temor, por el hecho de creer que soy un rostro en medio de la penumbra de mi mente.
Un nombre que nadie recuerda y que solo tiene sentido en los recovecos vacíos de la madriguera de mi mente.
No obstante, tal vez mi repudio hacia el mundo, solo abarque a la huella inevitable del espíritu humano que no puedo evitar reconocer en mí: pertenezco a esa región de vientos y tormentas ingenuas que la humanidad evita cuidadosamente. Una loca, sin más. Una estadística dentro de una larga conmiseración social. Camino de un lado a otro, en la pequeña habitación de mi mente a la cual dedico mis horas mejores. y no hay ninguna certidumbre en sus paredes elementales, en sus pequeños rincones polvorientos. No obstante, en mitad de ese silencio de horas informes, de la zozobra de encontrarme en la frontera de mi olor y mi deseo, no me encuentro sola ¿Y quién esta allí? ¿Quién corcovea en mis tobillos, quién se aprieta contra mi cuerpo? ¿quién me observa en silencio? . Un animal mitológico a quién llamo gato pero que en realidad es mi memoria, la raíz de mi mente, la lenta dulzura de mi pura necesidad de crueldad. Un gato, si, mi único Amo, una criatura siniestra e indefinible que extiende las zarpas para hincarlas en mi piel, paladeando la textura de mi dolor, el sentido agónico de esta voluble angustia que tiñe mi espíritu. Y que placer, necesario y voraz, la de esta comprensión de un diminuto sufrimiento, de esta complicidad entre este misterio en mi mente y la destrucción de toda certidumbre. Porque no existe nada, en esta habitación cada vez más estrecha, rodeada de tiempo, perdida en medio de fragmentos robados de un instante que carece de forma pero que intento afanosamente encajar, como una palabra, como un manchón de color. Mi voz, mi rostro. Esta caótica silueta desdibujada en la oscuridad.
Y el gato me observa. Mi único testigo, mi fiel y furioso dolor en la forma de una criatura voraz.
Un nombre que nadie recuerda y que solo tiene sentido en los recovecos vacíos de la madriguera de mi mente.
No obstante, tal vez mi repudio hacia el mundo, solo abarque a la huella inevitable del espíritu humano que no puedo evitar reconocer en mí: pertenezco a esa región de vientos y tormentas ingenuas que la humanidad evita cuidadosamente. Una loca, sin más. Una estadística dentro de una larga conmiseración social. Camino de un lado a otro, en la pequeña habitación de mi mente a la cual dedico mis horas mejores. y no hay ninguna certidumbre en sus paredes elementales, en sus pequeños rincones polvorientos. No obstante, en mitad de ese silencio de horas informes, de la zozobra de encontrarme en la frontera de mi olor y mi deseo, no me encuentro sola ¿Y quién esta allí? ¿Quién corcovea en mis tobillos, quién se aprieta contra mi cuerpo? ¿quién me observa en silencio? . Un animal mitológico a quién llamo gato pero que en realidad es mi memoria, la raíz de mi mente, la lenta dulzura de mi pura necesidad de crueldad. Un gato, si, mi único Amo, una criatura siniestra e indefinible que extiende las zarpas para hincarlas en mi piel, paladeando la textura de mi dolor, el sentido agónico de esta voluble angustia que tiñe mi espíritu. Y que placer, necesario y voraz, la de esta comprensión de un diminuto sufrimiento, de esta complicidad entre este misterio en mi mente y la destrucción de toda certidumbre. Porque no existe nada, en esta habitación cada vez más estrecha, rodeada de tiempo, perdida en medio de fragmentos robados de un instante que carece de forma pero que intento afanosamente encajar, como una palabra, como un manchón de color. Mi voz, mi rostro. Esta caótica silueta desdibujada en la oscuridad.
Y el gato me observa. Mi único testigo, mi fiel y furioso dolor en la forma de una criatura voraz.

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