Elegí creer que la locura era mi medio de expresión. Nunca me concebí como una victima de algún azar biológico especialmente cruel o una idea rudimentaria sobre el pensamiento más organizado. Aprendí a creer que la demencia - ese ser y a la vez no ser nada más que un fragmento de compresión - era el lenguaje de mi espíritu, una atmósfera hechicera y fabulosa, arbitraria y visceral, habitada por monstruos y criaturas fabulosas que deambulaban en las tierras inhóspitas de mi mente tal vez incluso antes que yo naciese. Un poder divino y terrenal, el de renunciar al tiempo de los hombres, al lenguaje de lo cotidiano y aceptar la locura como una densa corriente de ideas ajenas a cualquier sentido y realidad.
Muchas veces me tendí en la penumbra azulada de la madrugada, sabiéndome loca, consciente del poder de esta locura y me pregunté si moriría sin comprender la textura de lo que temo y deseo, de lo que ansío y necesito. E incluso la muerte era una perspectiva brumosa e irreal, como la niebla luminosa que rodeaba los faroles de calle, los primeros sonidos del día, la sensación que la insatisfacción y la frustración creando pequeños pozos de luz en medio de la oscuridad. Y soñaba, aunque no podía hacerlo en realidad, con la fatiga de leer un libro hasta que caer rendida, o pintar hasta sentir dolor físico, prodigioso y radiante. Y temblaba de angustia preguntándome si encontraría una respuesta, si podría abrir puertas y ventanas de la habitación de mi mente y dejar entrar el conocimiento que deseaba como una ráfaga de luz.
Una odisea fantasmagórica, sin duda. Pero que acometí con la desesperación y la firme ingenuidad de los que no tienen nada que perder.





