Una memoria yerma en tierras devastadas por la fe.

27 sept. 2008


Estoy loca, lo he estado desde que recuerde. Y no hablo de un idea abstracta, sino de la locura como un elemento concreto de mi vida. Sufro de esquizofrenia desde que era una niña pequeña, incluso antes de tener la suficiente conciencia para comprender en realidad que significaba la sensación de aislamiento verbal y mental que habia sufrido desde que tenia conciencia del mundo como un elemento de mis pensamientos. Y es que brindarle un nombre a esa soledad no la hizo distinta, menos raquídea, un poco menos sombría. Solamente le otorgó sentido, si eso es posible dibujar el rostro del caos a través de palabras, le dio un lugar el mundo. Pero la locura siempre fue mia, desde la cuna, en mis primeros juegos, en ese lento reconocimiento del tiempo y de mi voz que nunca me satisfizo, que no llego a ser real jamás, que careció de sentido a lo largo de esos primeros años de confusa sensación de encontrarme perdida en la inmensidad desosegante de mi mente.

Elegí creer que la locura era mi medio de expresión. Nunca me concebí como una victima de algún azar biológico especialmente cruel o una idea rudimentaria sobre el pensamiento más organizado. Aprendí a creer que la demencia - ese ser y a la vez no ser nada más que un fragmento de compresión - era el lenguaje de mi espíritu, una atmósfera hechicera y fabulosa, arbitraria y visceral, habitada por monstruos y criaturas fabulosas que deambulaban en las tierras inhóspitas de mi mente tal vez incluso antes que yo naciese. Un poder divino y terrenal, el de renunciar al tiempo de los hombres, al lenguaje de lo cotidiano y aceptar la locura como una densa corriente de ideas ajenas a cualquier sentido y realidad.

Muchas veces me tendí en la penumbra azulada de la madrugada, sabiéndome loca, consciente del poder de esta locura y me pregunté si moriría sin comprender la textura de lo que temo y deseo, de lo que ansío y necesito. E incluso la muerte era una perspectiva brumosa e irreal, como la niebla luminosa que rodeaba los faroles de calle, los primeros sonidos del día, la sensación que la insatisfacción y la frustración creando pequeños pozos de luz en medio de la oscuridad. Y soñaba, aunque no podía hacerlo en realidad, con la fatiga de leer un libro hasta que caer rendida, o pintar hasta sentir dolor físico, prodigioso y radiante. Y temblaba de angustia preguntándome si encontraría una respuesta, si podría abrir puertas y ventanas de la habitación de mi mente y dejar entrar el conocimiento que deseaba como una ráfaga de luz.

Una odisea fantasmagórica, sin duda. Pero que acometí con la desesperación y la firme ingenuidad de los que no tienen nada que perder.

Oro del Necio.

26 sept. 2008


La muerte es una quimera: porque mientras yo existo, no existe la muerte; y cuando existe la muerte, ya no existo yo.

Epicuro de Samos

Morir se ha convertido en un hecho social. Una tertulia coloquial donde la tribu del hombre normal adjudica un nuevo lugar al fallecido. Tal vez por la necesidad irresponsable de ocultar el temor que produce la idea de la muerte, el anónimo, el cualquiera, el pladileño comienza a recrear lo que desean en medio del vacio helado y elemental de un hecho biológico incontestable. Porque ¿Qué otra cosa es la muerte sino la caída definitiva del telón de la engañosa esperanza espiritual? La vulgaridad del cadaver, tendido dentro del catafalco, las manos cruzadas sobre el pecho, la nariz rellena de algodon, la carne dura y fría que comienza a hincharse lentamente. Los labios amoratados, los ojos opacos, entreabiertos. El pecho hundido. Un despojo orgánico, de carne y temor, la idilica e infinita paciencia de ese silencio inexpugnable de la repugnancia. Y duerme el fallecido, ajeno a ese nuevo rostro que posee, esa bondad que le adjudican, esa ternura que ahora es inevitable rememorar, esa belleza que todos admiran pero nadie reconoce en realidad. Y el muerto flota lentamente sobre los comentarios y sollozos prístinos, donde se ha convertido en un simbolo de adoración fatua, en menos que desazón y un poco más que ridiculo, donde es un héroe impertérrito, el hombre bendito por la ideologia quebradiza de la estupidez, el hijo olvidado que regresa a la senda brumosa y necia del objetivo cultural. Oh, si, el muerto ahora elevado a los altares del doliente, que yace en silencio, aguardando la bendición del gusano y el aliento bendito de la tierra que lo devorara con amable y ciega devoción.

Y sonreíra tal vez, el muerto, cuando finalmente descienda al silencio de la putrefacción, en el Reino de la oscuridad anodina, donde probablemente pueda encontrar por fin, una ínfima y voluble paz.

Paz a los muertos. Y burlona indiferencia para los necios, pupilos heterodoxos de la simple desazón.

El baile de la máscara rota.

25 sept. 2008


La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.

Antonio Machado (1875-1939) Poeta y prosista español.


Acto Primero:

En la muerte todos somos niños, inocentes, ilusos, irreales, pequeñas fisuras perentorias de una memoria que no podrá recordarnos después. La muerte, discreta y poderosa, una Dama déspota que canta en todos los idiomas del mundo, al rabillo del ojo de lo cotidiano, del parpadeo del común, de la vida que transcurre en lenta procesión. Los lirios de viento nos hacen velatorio sin que lo advirtamos, los pájaros cantan un réquiem intricado, la tierra bulle de monstruos imposibles que devoran nuestros dedos y nuestros ojos mientras creemos que la vida es real, que cada segundo es valioso. Y soñamos con un mundo de posibles, con una necesidad utópica, con una vehemente creencia que existimos y esperamos una idea que otorgue sentido a toda idea, a toda forma y conciencia. Y somos inocentes y puros, en esa necedad oblonga de creer que la muerte solo es una abstracción sobrenatural y desconocida, cuando nos espera en todas las esquinas, en todas las miradas, sosteniendo el quicio de la puerta, aguardando por el único momento de absoluta racionalidad del que gozaremos jamás. Y existiremos solo en el recuerdo de alguien más, en esa idea borrosa e ideal que se evocara de nuestro temor. La maldición de la compasión, del tiempo secreto.

Acto Segundo:


La muerte irrisoria. Quisiera que en mi funeral todos me insultaran y le propinaran patadas y escupitajos a mi tumba. Desearia que recordaran con gran claridad mis groserias, mis largos silencios inexcusables, mis burlas hirientes, mis gritos sin forma, la textura pálida y rudimentaria de mi sensibilidad. Pero la maldición del tiempo futil, de esa región sombría donde comienzas a desvanecerte en el secreto probablemente también me envolverá, me hará hermosa aunque no lo haya sido nunca, me dotará de dulzura, me hará pronunciar bellas palabras que nunca podría decir. Y seré Clarisa, la que recuerdan. Clarisa, ¿Recuerdas a esa chica? ¿La loca? Esa, sí, la que fue, la que no está, la que solo ahora existe en una mera idea que imagino para ella. Ah, sí, esa Clarisa. Claro que la recuerdo...Clarisa la que ha muerto, pero a quién ahora, daré vida en mi necedad.

Acto tercero ( Y final ) :

Yazgo en la tierra de un día cualquiera que sin duda llegará, inesperado y suculento. Las manos cruzadas sobre el pecho. Aguardo, con rosas marchitas entre las manos. Los rasgos abotagados, los labios descoloridos. Y ha muerto Clarisa, la vocación del gusano hará de ella un pensamiento. Adiós, Clarisa, ahora serás solo una palabra que evocará un pequeño temor.

Silencio en el Foro.

¿Hay alguien alli?

Me sacudo, grito.

Abro los ojos.

Aquí, solo hay Oscuridad.

Duermo otra vez.

Cae el telón.

El demonio en mi pecho.

24 sept. 2008


Hay placer en los bosques sin senderos;
Hay éxtasis en una costa solitaria;
Está la sociedad donde nadie se inmiscuye,
Por el océano profundo y la música con su rugido:
No amo menos al hombre, pero si más a la naturaleza.


"Childe Harold's Pilgrimage" Lord Byron

Soy una adulta que no sabe como serlo. Soy una niña que recuperó la capacidad para temer y asombrarse. Y en medio de la confusión de ambos extremos, encontré un sentido filosófico totalmente vulgar, por completo necio: Soy capaz de crear mi nombre y mi presente a base de una labor creativa pura, furiosa, personal, desosegada. Durante mucho tiempo me refugié en mi capacidad para desmenuzar el mundo en formas y colores para encontrar un punto de silencio. Maldita sea, en cuantas ocasiones apenas podía soportar la cacofonía de mi mente!! un fragor en la batalla, el eco indulgente de golpes y truenos de mitos absurdos que enarbolé como una engañosa forma de herejia. Y recorrí a ciegas un camino escarpado, extraviada en pequeñas grietas sin sentido. Confusa y agotada, una mujer sin edad, una niña sin recuerdos, un espíritu abriéndose paso en carne yerma.

Quizá busco un momento de paz, aunque no lo deseo ni lo necesito. No me refiero, a una perspectiva corriente, amplia, perpetua, sino a una engañosa sensación de serenidad, nacida probablemente de un deseo irracional, de esos que poseo y elaboro cada día fragmentado. Y es en ese ojo del diablo, esa maldición del silencio, donde he podido encontrar una respuesta elocuente a mi avidez: No soy nadie en realidad, más que esta figura tallada en saliva y sangre, en la mugre de mis dedos, delineada en amarga insatisfacción, en esta brillante ignorancia que define el mundo, el origen de este aspiración perpendicular por el deseo. Una vociferante deidad anónima que aflora en mi piel y otorga sentido a mi elemental desazón.


Una última imprecación.

23 sept. 2008



Un día, ya entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, un hombre se me acercó. Se dio a conocer y me dijo: "La conozco desde siempre. Todo el mundo dice que de joven era usted hermosa, me he acercado para decirle que en mi opinión la considero más hermosa ahora que en su juventud, su rostro de muchacha me gustaba mucho menos que el de ahora, devastado".

Pienso con frecuencia en esta imagen que sólo yo sigo viendo y de la que nunca he hablado. Siempre está ahí en el mismo silencio, deslumbrante. Es la que más me gusta de mí misma, aquélla en la que me reconozco, en la que me fascino.

Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo, nunca lo he preguntado. Creo que me han hablado de ese empujón del tiempo que a veces nos alcanza al transponer los años más jóvenes, más gloriosos de la vida. Ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno, cómo cambiaba la relación que existía entre ellos, cómo agrandaba los ojos, cómo hacía la mirada más triste, la boca más definitiva, cómo grababa la frente con grietas profundas. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, por el desarrollo de una lectura. Sabía, también, que no me equivocaba, que un día aminoraría y emprendería su curso normal. Quienes me conocieron a los diecisiete años, en la época de mi viaje a Francia, quedaron impresionados al volver a verme, dos años después, a los diecinueve. He conservado aquel nuevo rostro. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más, por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho como algunos rostros de rasgos finos, ha conservado los mismos contornos, pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido.


"El amante" por Marguerite Duras (fragmento)

Escúchame:

Hubo un tiempo donde creí que no tenía rostro. No lo tenía, en realidad. Solo eran los recuerdos de mi misma que apenas podía conservar, esas lineas perpendiculares, secantes, oblicuas, circulares, ovalos, enormes rectángulos que creaban esa mujer que debía ser. Pero no lo era. Recluida entre mis dedos, en los grumos de pintura, en la cerviz de esa identidad brumosa que no era mía. Era tan irreal como un sueño que se olvida. Vivía en los pequeños rincones donde van a morir los objetos olvidados. Entre ceniza, entre temores y furia. Porque siempre ha sido la furia, tu lo sabes. Me has visto morir en ella, me has visto devorarla a tragos desesperados. Los ojos cerrados, trago tras trago. Esta furia demoledora e infantil. Porque soy una bestia perdida en su propio tiempo, que abre y cierra puertas en busca de esas pequeñas frases que nunca recordé. Perdida y sin lugar. Solo Clarisa, la amante de monstruos ilusiorios, con tres cuatro nombres que llevar a cuestas. Con una muchedumbre entre los ojos. Atisbado hombres en la oscuridad.

Pero aprendí de ti, que la cólera tiene color y necesidades. Una lujuría que es sufrimiento exquisito, preciosista, que puedo modelar, ductil y ferviente, como una escultura de ecos rotos en las esquinas de mi rostro. Traslucida, amplia y desosegada. Tallo, con los dedos heridos, sangrantes. Tallo, sobre los perfiles desconocidos de un tiempo que no ha nacido aun, que pariré con esfuerzo, a gritos. Tallo ese futuro que me diste al encontrar en la furia una palabra que nadie habia pronunciado jamás. Y te odio, si, denodadamente. Te detesto, te aborrezco. Y te amo, por supuesto, con todo el poder de esta luminosa zozobra, esta brillante cólera y esta ferviente confusión. Los dedos retorcidos de prodigiosa angustia, de insatisfecha necesidad. Porque te deseo, te admiro, quiero verte morir, quiero devorar cada parte de tu mente, del rostro mudo que guardas en el silencio. Te mataría, sí, y bebería a sorbos el aliento que te convertiría en una imagen que podría evocar, ideal y engañosa. Y sería, si, quién desearía escuchar tu corazón palpitar por última vez, bajo mis dedos. Todos los veranos muriendo en tus ojos, la primavera de floreciendo por última vez en un despertar aciago.

Escuchame, ahora, porque no tengo nada más que decir y no lo haré. Te repudio ahora, te amo otra vez.

En la sombra, grita la Diosa muda. No tengo nada más que decir.

Clarisa Que fue Gala.
Que abrió los Brazos a Verbis.
Ahora, solo Clarisa.



La muerte de una bestia vacua.

21 sept. 2008


Cuando consigas una razón para morir, habrás encontrado una razón para vivir.

Francisco de Quevedo.


Somos responsables no solo de lo que hacemos, sino de lo que decidimos no hacer. Como occidentales, moralmente huérfanos de razón, intelectuales redimidos por una religión que decide el valor de los principios o la carencia de temor, nos lleva esfuerzos asumir que con cada momento, cada palabra, cada acción, cada decisión, cada silencio, cada idea que concretamos como un ideal, creamos una razón concreta, una idea que se entrecruzará en infinitas posibilidades en el intricado rostro de un mundo confuso que apenas reconocemos como el nuestro. Pero es inevitable que así ocurra, una ráfaga insuperable de pura incertidumbre. Somos los artífices de cada lágrima, risa, desconcierto, angustia, furia que brota de nuestro espíritu, aludiendo al tiempo criptico que nos lleva esfuerzos comprender.

El valor de la moral real - la persona, la ideológica, la amarga posibilidad de sacudir la cabeza y olvidar nuestro nombre en beneficio del anonimato social -, esa responsabilidad solo es para quienes pueden asumir las consecuencias, comprender el valor de un gesto y otorgar sentido a cada expresión de su vida. Pero vamos, eso sería asumir la vigencia absoluta de un deber primitivo, tribal, con nuestros iguales. ¿Y donde encaja esa certidumbre elemental en medio de la soledad moderna? En ningún lugar por supuesto. O en todos. O el corazón de los valientes, de la audacia, del poder, del tiempo de los fuertes.

Habrá esperanza, si, mientras una sola convicción sobreviva a la simple indiferencia.

La Bestia sin nombre.

20 sept. 2008



He aquí mi secreto: no se ve bien más que con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos

Antoine de Sain-Exupéry


La naturaleza del amor es ambigua, visceral, primitiva, antigua, violenta, brutal, inconcebible, sencilla. Porque en realidad ¿Que es lo que creemos amar sino nuestro ideal de un sentimiento que no comprendemos, una abstracción onírica que idealizamos durante en medio de la soledad absoluta del género humano? Deseamos, sí, ser aceptados y queridos, pero nunca podemos comprender la mecánica de un hecho en apariencia tan simple, tan anodino. La idea del amor resulta por completo ilógica, una ilusión de la razón: un sentimiento por completo utópico, necio que intenta delinear un supuesto social. Amamos a un hombre o a una mujer porque deseamos reflejarnos en esa idea absurda y lineal que nos brinda por un momento un rostro en medio del caos. Somos amados, existimos por un instante en la evocación de alguien más.

No obstante, al final de todas las cosas, tal vez si comprendemos el amor: La destrucción del ideal más profundo del espíritu personal en una centellante y anodida comprensión de nuestra propia futilidad.

El monstruo de la conciencia.

19 sept. 2008


La violencia no deja de tener cierto parentesco con el miedo.
Arturo Graf

La violencia aun me sorprende y me irrita, me fascina y me subyuga. A pesar de vivir en un país como el mio, donde habitualmente la muerte y la sangre son moneda vulgar, en calles sin nombre, en pequeños momentos sin valor, continua produciéndome dolor, angustia, simple maravilla ese poder de absoluta transgresión que el hombre ejerce como un lenguaje, una idea ambivalente y concreta, un tipo de creación maldita, pero aun así, significativa. Un súbita y primitiva decisión que otorga sentido a la idea más simple sobre el pensamiento humano agresividad, el temor, el dolor son elementos de una consecuencia muda y concreta sobre la esencia del pensamiento humano: el caos, el temor a la ausencia de significado. Y es el olor del miedo, el valor de la pura desesperación lo que brinda corporeidad a esa brutal humanidad del hombre, de su deseo y su limitada capacidad para aspirar a la belleza. Porque la violencia es pura, es absoluta y carece de verdadera cadencia. Un fisura amplia y volátil sobre esa necesidad de nuestro espíritu para elaborar ideas pretendidamente bondadosas. Pero vamos, creo que todos podemos admitir, incluso a costa de la integridad de esa inocencia ambivalente a la cual nos aferramos la mayoría de las veces, que el "bien" solo es un imagen brumosa en nuestra conciencia. El deseo de creer que a pesar que podemos percibir con total claridad la oscuridad del caos, solo se trata de una de las tantas de la pesadilla de la razón. Un monstruo helado que se desliza por el rabillo del deseo de orden y equilibrio que nunca podemos satisfacer.


El visitante.

18 sept. 2008


"Tú nunca me dejarás, ni nada podrá separarnos. Tú eres mi gato y yo soy tu humano. Ahora y siempre, en la plenitud de la paz"
Hillaire Belloc

Soy solitaria por decisión propia. Me gusta la intimidad de ese silencio que surge cuando el mecanismo de tu mente adolece de un ritmo general. El miedo mínimo, un pedazo frágil y precario de pura incertidumbre, amplio y abrumador. El ostracismo se me ha hecho un hábito, una fidelidad torva a la ausencia de una palabra adecuada, la mera necesidad de pertenecer al rostro anónimo que camina por las calles, habla en voz alta en las esquinas, ríe como música cacófonica en la sombra de una identidad cualquiera. Me ha bautizado el caos, no podría ser de otra forma, mi necesidad angustiosa de comprender la realidad, solo para alejarme de ella, para crear cada día como una certidumbre inexistente, como un elemento sin sentido que podría o no tener forma, pero que me pertenece por simple temor, por el hecho de creer que soy un rostro en medio de la penumbra de mi mente.

Un nombre que nadie recuerda y que solo tiene sentido en los recovecos vacíos de la madriguera de mi mente.

No obstante, tal vez mi repudio hacia el mundo, solo abarque a la huella inevitable del espíritu humano que no puedo evitar reconocer en mí: pertenezco a esa región de vientos y tormentas ingenuas que la humanidad evita cuidadosamente. Una loca, sin más. Una estadística dentro de una larga conmiseración social. Camino de un lado a otro, en la pequeña habitación de mi mente a la cual dedico mis horas mejores. y no hay ninguna certidumbre en sus paredes elementales, en sus pequeños rincones polvorientos. No obstante, en mitad de ese silencio de horas informes, de la zozobra de encontrarme en la frontera de mi olor y mi deseo, no me encuentro sola ¿Y quién esta allí? ¿Quién corcovea en mis tobillos, quién se aprieta contra mi cuerpo? ¿quién me observa en silencio? . Un animal mitológico a quién llamo gato pero que en realidad es mi memoria, la raíz de mi mente, la lenta dulzura de mi pura necesidad de crueldad. Un gato, si, mi único Amo, una criatura siniestra e indefinible que extiende las zarpas para hincarlas en mi piel, paladeando la textura de mi dolor, el sentido agónico de esta voluble angustia que tiñe mi espíritu. Y que placer, necesario y voraz, la de esta comprensión de un diminuto sufrimiento, de esta complicidad entre este misterio en mi mente y la destrucción de toda certidumbre. Porque no existe nada, en esta habitación cada vez más estrecha, rodeada de tiempo, perdida en medio de fragmentos robados de un instante que carece de forma pero que intento afanosamente encajar, como una palabra, como un manchón de color. Mi voz, mi rostro. Esta caótica silueta desdibujada en la oscuridad.

Y el gato me observa. Mi único testigo, mi fiel y furioso dolor en la forma de una criatura voraz.

Árida grieta.

17 sept. 2008


La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos.
Francisco de Goya

Me cuesta imaginar la idea de la felicidad. Aunque he vivido la mayor parte de mi vida intentando reconstruir el mundo en el cual no he podido vivir, construyéndolo a trozos irreales en mi mente, el concepto de felicidad, absurdo y hermético, nunca ha tenido una forma definida en mi mente. No me considero depresiva, tampoco melancólica. Solo que la armonía de la risa, el sentimiento que al parecer produce la mera idea de dicha, me resulta irrevocable y sin sentido: una ausencia de debates morales, la deformación de las consideraciones sobre esa ligera sensación de amargura que forma parte de lo cotidiano. En ocasiones me he preguntado si la felicidad no es la obra más engañosa creada por la capacidad artística del hombre: la más depurada de las creaciones artísticas. El personaje más hermoso, ideal, utópico y por supuesto irreal de la ingente expresión humanista de ese pequeño Dios despótico que vive en el espíritu humano.

Y la felicidad vive y danza como un bardo de antaño: los brazos extendidos en un gesto cruel y la cabeza alzada sobre la fealdad y la ternura de lo real. Una historia sin nombre, que nadie desea repetir pero todos insisten en conocer.


Fisuras.

16 sept. 2008



"La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega "

Leonardo da Vinci


Y es el espíritu de todas las cosas, el deseo de cada movimiento, en todos los trazos. Y quisiera delinear cada idea en un sueño o crear cada vocal de mi lenguaje en pequeños paisajes que renacen en mis pensamientos. Y alzo el pincel para dibujar mi rostro, y el trazo desciende para permitirme mirar, para esbozar mi boca y darme la oportunidad de hablar. Poco a poco, nazco en la misteriosa sabiduría del papel y el carboncillo, de la obsesión que siento por interpretar el mundo en cada linea que brota de mi, un árbol invisible que vive en mi pecho, que nace de mi voz.


Esta soy yo o como me miro, al menos. Y es así como me concibo: he nacido de mi misma. Soy la madre de todas mis voces. Y la fisura donde danza la muchedumbre que hay en mí.



¿Por qué la mecanica Celestial?

15 sept. 2008

Cuando Galileo - el solitario Galileo, el apostata, el buen cristiano, el poeta de los números - miraba a través de su telescopio, el Universo danzaba para él. Las enormes esferas imaginadas durante siglos enteros se mostraban en toda su magnificencia para este anciano venerable, profundamente convencido de la belleza del mundo natural. Dios, ese pensamiento inocuo en la mente del hombre, susurraba a su oído, hablándole sobre el primer día de su mente, del despertar a la luz. Y Galileo escuchaba, con los ojos entrecerrados, abrumado de emoción. Las esferas girando, tan rápido. El enorme mecanismo celeste creando vida, la Diosa pariendo cada forma y cada pequeño regusto amargo de un mundo tan bello como cruel. Girando las ruedecillas invisibles, los engranajes del sueño, mientras el Universo avanza inexorable hacia el enigma.

Galileo habrá sonreído. ¿Por qué no hacerlo? Como los niños que miran el mar y sueñan con tierras y criaturas que nunca verán. Y tal vez, Galileo soñó conmigo, con el futuro que soy, con este continente de años y días donde todos sus sueños se hicieron realidad.

Aqui estoy. Escucho también las mecánicas celestes. Me llamo Clarisa, soy loca, artista y amantedel furor. Escribo esto porque he despertado y quiero escuchar mi voz.